El sol comenzaba a esconderse tras el perfil irregular del Vesubio, tiñendo el cielo de un naranja intenso que se reflejaba en las tranquilas aguas de la bahía. Las estrechas calles empedradas de Nápoles aún vibraban con la energía del día. El aroma a pizza recién horneada y a café fuerte se mezclaba con la brisa marina, creando una atmósfera cálida y familiar.
En una pequeña plaza oculta, lejos del bullicio turístico, las mesas de un café se alineaban bajo una pérgola cubierta de enredaderas verdes. La fuente central murmuraba suavemente, su agua cristalina bailando con las últimas luces del crepúsculo. El eco lejano de risas y música callejera completaba el cuadro, envolviendo el lugar en una melodía nostálgica.
Las sillas de hierro forjado, dispuestas alrededor de una mesa redonda de mármol, parecían esperar la conversación pendiente, las historias compartidas al calor de una copa de vino. En ese rincón de la ciudad, el tiempo se detenía, dejando espacio para las miradas sinceras y las palabras no dichas.