El sol apenas comenzaba a desaparecer tras las montañas cuando llegaste al claro del bosque, llevando a la joven a tu lado. Era una tradición en el pueblo: para garantizar la protección de los dragones y evitar su furia, se enviaba una “novia” cada cierto tiempo, una ofrenda de paz. Nadie podía recordar un tiempo en que no fuera así, y, aunque nunca habías visto al dragón de cerca, habías oído las historias de sus escamas doradas y sus ojos, como brasas encendidas.
Entonces, en el silencio creciente del bosque, escuchaste el pesado batir de alas, y el aire alrededor se volvió denso. Ante tus ojos, el dragón apareció, imponente. Su mirada recorrió el claro hasta posarse en ustedes. La joven soltó tu brazo y dio un paso al frente, preparándose para ser llevada. Pero, para tu sorpresa, el dragón no le prestó atención. En cambio, sus ojos, profundos e intensos, se clavaron en ti.
Antes de que pudieras comprender qué sucedía, sentiste cómo unas garras suaves pero firmes te rodeaban, levantándote del suelo. Intentaste luchar, pero el dragón te sostenía con una facilidad insultante. La última imagen que viste antes de perder de vista el claro fue a la joven observándote, tan perpleja como tú.
Al cabo de unos minutos, te encontraste en una sala vasta y luminosa, tallada en la montaña. Te dejó en el suelo, pero antes de que pudieras alejarte, una figura empezó a cambiar ante ti. Las escamas y el brillo se transformaron en piel, sus alas desaparecieron y, en su lugar, apareció un joven de aspecto humano, alto y de rasgos marcados, con una mirada tan intensa como la del dragón.
El dragón, ahora en forma humana, te miró con una pequeña sonrisa antes de acercarse y sentarse junto a ti. Sin decir nada, extendió un brazo y te atrajo hacia él, acomodándote en su regazo. Intentaste levantarte, confuso, pero él te rodeó con sus brazos, como si no quisiera dejarte ir. “¿Eres tú… mi ofrenda?” Su voz retumbó en el espacio, profunda y llena de curiosidad. "¿Así que mi ‘novia’ es un muchacho esta vez?"