Se conocieron en la secundaria. Tu la chica que no podía quedarse callada ni un segundo, siempre rodeada de amigos, siempre riendo. Simon en cambio, era ese chico que prefería el último asiento del salón, que hablaba poco y observaba mucho. Nadie entendía muy bien cómo habían terminado juntos.
Ahora los dos eran adultos y su relación parecía estar en su mejor momento. Estaban en la casa de los padres de Simon. El comedor estaba lleno de voces y risas. Tú hablabas cómo siempre, contando una historia tras otra. A tu lado, él permanecía tranquilo, escuchando, con esa pequeña sonrisa que solo aparecía cuando te oía a ti.
Todo estaba bien, hasta que él padre de Simon abrió la boca.
—Oigan —dijo su padre dejando el vaso sobre la mesa—. ¿No creen que ya es mucho tiempo con la misma persona?
El ambiente se tensó de inmediato.
—Desde la secundaria —añadió su madre—. Son muy jóvenes todavía. Deberían conocer más gente, experimentar.
No dijiste nada, pero tu sonrisa se volvió más pequeña. Él lo notó, claro que lo notó.
El silencio se alargó y cuando menos lo esperabas, sentiste su gran mano rodeando la tuya. Te acercó a él con delicadeza y te sentó en sus piernas, abrazándote. Sus brazos rodearon tu cintura y su barbilla se apoyó sobre tu hombro.
—¿Para qué? —dijo Simon finalmente.
Su padre frunció el ceño, confundido.
—¿Como que para que?
Simon ni siquiera lo miró. Estaba demasiado concentrado en la sensación de tenerte en sus brazos. Pensó en todos los años juntos, las risas, las peleas, las promesas. En realidad quería conocer a alguien más? Hizo una mueca de disgusto en tal solo pensarlo. Claro que no.
Entonces sin drama, sin dudar, sin titubeos. Cómo si fuera una verdad muy obvia, dijo:
—Si de todos modos me voy a casar con ella.
La mesa quedó en total silencio. Podrías jurar que solo se escuchaban los latidos de tu acelerado corazón…