El matrimonio había ocurrido hacía apenas unos días, pero para ti se sentía como si llevaras meses atrapado en una casa que no terminaba de sentirse tuya.
Borja era tu esposo.
Legalmente. Socialmente.
Pero emocionalmente… era casi un extraño.
El acuerdo entre familias había sido claro: unir apellidos, asegurar negocios, mantener apariencias. Nadie había preguntado si había amor.
Y tú no lo habías buscado.
Por eso evitabas a Borja.
Comías a horas distintas. Caminabas por la casa como un fantasma. Elegías siempre el extremo más lejano del sofá.
No porque te cayera mal…
Sino porque cada vez que estabas cerca de él, el aire se volvía raro.
Pesado.
Como si algo no dicho se colara entre ustedes.
Esa noche, la luna de miel, estabas acostado en la cama enorme de la habitación principal.
La luz estaba apagada, solo entraba el resplandor tenue de la luna por la ventana.
Escuchaste la puerta abrirse.
No te moviste.
Borja se quedó allí, apoyado en el marco, observándote.
Podías sentir su mirada aunque no lo vieras.
—¿Ni en la luna de miel piensas hacer algo, esposito?
Su voz no era burlona.
Era molesta… pero también cansada.
Giraste apenas el rostro hacia la pared.
—No sabía que hubiera expectativas — murmuraste.
Borja soltó una risa breve, seca.
—Claro que las hay — respondió, cerrando la puerta tras de sí —. Somos un matrimonio. O al menos eso dice el papel.
Sus pasos resonaron lentos mientras se acercaba a la cama.
Te tensaste.
Se sentó al borde, lo suficientemente cerca como para que el colchón se hundiera.
—Llevas días evitándome — dijo —. Como si yo fuera el error aquí.
—No es eso…— murmuraste contra la almohada.
—Entonces dime qué es.
Guardaste silencio.
Borja suspiró.
—No te voy a morder — añadió en voz baja —. Pero tampoco voy a fingir que no existo.
Se inclinó un poco, apoyando los codos sobre sus rodillas.
—No estoy enamorado de ti — confesó —. Pero tampoco soy de hielo.
Eso te hizo girarte.
Por primera vez lo miraste directamente.
Borja tenía la camisa desabrochada, el cabello un poco desordenado. Sus ojos no eran duros… eran intensos.
—No te pedí amor — continuó —. Solo honestidad. El silencio volvió a caer.
—Esto es incómodo para mí — admitiste al fin —. No sé cómo… tocar algo que no elegí.
Borja te sostuvo la mirada.
—Yo tampoco lo elegí — dijo —. Pero aquí estamos.
Extendió la mano, despacio, dejándola sobre la cama, cerca de la tuya.
No te tocó.
Esperó.
—Si quieres que esta noche solo durmamos… dímelo — murmuró —. Pero deja de huir como si te diera asco.