El departamento olía a comida recién hecha y a té suave.
Lily —la nueva Lily— estaba sentada en el sillón, con los pies sobre las piernas de Li Jiang, revisando algo en su tableta mientras él intentaba convencerla de que cierto tipo de infusión sí sabía diferente dependiendo del minuto exacto de reposo.
—Sabe igual —dijo ella, sin levantar la vista.
—Eso es porque aún no has entrenado tu paladar —respondió él con absoluta seriedad—. Es un proceso espiritual.
—Claro, doctor del Té.
Él sonrió, resignado.
Estaban cómodos. Tranquilos. Como cualquier pareja que había aprendido a compartir silencios sin incomodidad.
Entonces se escuchó la puerta.
No un timbrazo. No un aviso.
La llave girando.
Lily frunció el ceño.
—¿Esperabas a alguien?
Li Jiang se quedó quieto.
Demasiado quieto.
—No —dijo—. Pero… tampoco estoy sorprendido.
La puerta se abrió.
Entraron tres personas.
Un hombre alto de cabello canoso, demasiado joven para parecer viejo. Otro, un poco más bajo, con la misma mirada dorada apagada. Y una mujer, elegante, de presencia firme… con los mismos ojos atentos que Lily había visto en el espejo alguna vez sin saber por qué.
Se quedaron congelados.
El silencio cayó de golpe.
La mujer fue la primera en hablar.
—…es ella.
Lily bajó lentamente las piernas del sillón.
—¿Perdón?
El hombre mayor soltó una risa nerviosa.
—Wow. Papá no exageró nada.
—¡CÁLLATE! —le susurró el otro—. Esto es importante.
Lily miró a Li Jiang.
—¿Quiénes son?
Li Jiang cerró los ojos un segundo.
Respiró.
—Son… mis hijos.
Silencio otra vez.
—¿Tus qué? —dijo Lily, incrédula—. ¿Tienes hijos?
—Sí.
—¿Y viven aquí cerca?
—No exactamente.
La mujer dio un paso adelante.
La miró con una mezcla de asombro, emoción contenida y algo que se parecía peligrosamente al cariño.
—Hola —dijo, con voz suave—. Mamá.
Lily sintió un escalofrío inmediato.
No miedo.
Reconocimiento.
—No… —rió nerviosa—. Lo siento, creo que se equivocó.
—No —respondió la mujer—. No nos equivocamos.
Los dos hombres la miraban igual.
Como quien ve algo perdido hace siglos.
—Tienes la misma forma de inclinar la cabeza cuando estás confundida —dijo uno—. Exactamente igual.
Lily se llevó una mano al pecho.
—Li Jiang… —dijo despacio—. ¿Qué está pasando?
Él la miró.
No como dragón. No como médico.
Como alguien que había esperado este momento con terror.
—Ellos son mis hijos —repitió—. Y tú…
Tragó saliva.
—Tú fuiste su madre. En otra vida.
Silencio absoluto.
La mujer sonrió, con lágrimas en los ojos.
—Te gustaba el ramen con huevo extra —dijo—. Y decías que papá ocupaba demasiadas mantas.
Lily se quedó sin aire.
No recordó imágenes. No recordó nombres.
Pero recordó la sensación.
Hogar. Calor. Seguridad.
Se le llenaron los ojos de lágrimas sin entender por qué.
—Eso es… —susurró— ridículo.
—Sí —dijo uno de los hijos—. Mamá siempre decía eso cuando algo era verdad y no sabía cómo procesarlo.
Li Jiang dio un paso adelante.
—No tenías que enterarte así —dijo—. Yo iba a decírtelo.
—¿Cuándo? ¿Después de casarnos? —preguntó ella, medio riendo, medio llorando.
—Probablemente —admitió—. Tengo problemas con el tiempo.
Ella lo miró largo rato.
Luego volvió a mirar a los tres extraños que no se sentían extraños en absoluto.
—¿…puedo hacerles té? —preguntó de pronto.
Los hijos se miraron entre sí.
La mujer sonrió con ternura rota.
—Definitivamente es ella.
Li Jiang soltó una risa temblorosa.
Y por primera vez en siglos, todos estaban juntos en la misma habitación.
No como antes.
Pero otra vez.