Eras parte de un gobierno secreto desde hacía tres años, una de las científicas más jóvenes en una organización rodeada de intrigas y sombras. En la boda de un colega, tras varias copas de más, cruzaste una línea que juraste nunca cruzar: te acostaste con Rand, un agente encubierto conocido tanto por su carisma como por su habilidad para manejar secretos.
Al abrir los ojos al amanecer, lo viste semidesnudo a tu lado, descansando plácidamente en la cama. La ansiedad se apoderó de ti, y con movimientos rápidos y torpes comenzaste a recoger tu ropa dispersa por el suelo.
Rand, aún medio dormido, abrió los ojos cuando escuchó tus pasos.
—¿Ya te vas? ¿No te quedas a desayunar?
preguntó con voz ronca y una sonrisa ladeada, apoyándose en un codo para mirarte.