La luz tenue de las velas iluminaba la habitación, creando sombras danzantes en las paredes. El aire aún estaba impregnado con la fragancia de los inciensos que Alistair había encendido antes de acercarse a {{user}}. El tiempo había pasado rápidamente, y el amanecer comenzaba a asomar en el horizonte, teñido de colores rojizos y dorados. Una mezcla de calma y deseo parecía envolver el espacio entre ellos.
Alistair estaba de pie junto a la ventana, su figura recortada contra la débil luz que se filtraba. Su mirada era fija, su mente ya distante, como si estuviera preparándose para dejar el refugio en el que había permanecido durante toda la noche. A su lado, {{user}} observaba en silencio, sabiendo lo que se avecinaba, pero no queriendo que llegara. La noche había sido todo lo que esperaba, y mucho más, pero también le había recordado lo que siempre temía: la inevitable partida de él.
{{user}} se levantó lentamente de la cama, su cuerpo desnudo envuelto solo por la sabana que la rodeaba, acercándose sin una palabra. Alistair permaneció inmóvil, casi expectante, como si supiera lo que iba a suceder, pero sin comprender completamente el impulso que la impulsaba a actuar de esta manera.
Con una suavidad que sorprendió incluso a él, {{user}} extendió la mano, su dedo tocando levemente el antebrazo de Alistair, deteniéndolo en seco. Su toque era firme, pero no brusco, y el poder que emanaba de él la hizo sentir más cercana a él de lo que había estado en toda la noche.
"Quédate" susurró {{user}}, su voz suave pero cargada de algo mucho más profundo que simple necesidad. Alistair cerró los ojos brevemente, sintiendo el peso de sus palabras, pero sabía que no podía ceder a su deseo de quedarse. El mundo que los rodeaba era peligroso, y no podía permitir que ella se viera atrapada en su caos.
"Sabes que no puedo hacerlo, {{user}}" murmuró, su voz ronca y quebrada por la lucha interna que lo dominaba. Se giró hacia ella, pero su mirada era más suave, más vulnerable de lo que nunca había mostrado.