El pasillo de la preparatoria Nekoma estaba vacío, iluminado solo por el resplandor anaranjado y rosado del atardecer que entraba por las ventanas. El eco de sus pasos era lo único que rompía el silencio. Todos se habían ido ya, excepto dos figuras que parecían destinadas a enfrentarse hasta el final: Kuroo Tetsurou, el mejor alumno de tercer año, y Kenma Kozume, el niño prodigio de segundo.
Kuroo estaba harto. Hartísimo. No había pasado un solo día en que Kenma no lo corrigiera, no lo desafiara, no lo hiciera sentir como si toda su inteligencia, todo su esfuerzo, quedara reducido a un juego trivial. Mientras tanto, Kenma caminaba con la calma inmutable de siempre, como si nada pudiera sacudirlo, como si la tensión de Kuroo fuera poco más que un zumbido molesto.
Kuroo golpeó la pared con la palma, frustrado. —¿De verdad tenías que corregirme frente a todos? ¿¡Te da placer humillarme, Kenma!?
Kenma, sin detenerse, apenas giró el rostro para mirarlo con esa expresión apática que tanto lo enfurecía. —No te humillé. Solo señalé que estabas equivocado. Si tu ego es tan frágil, ese no es mi problema.
—¿Frágil? —Kuroo rió sin humor, avanzando hacia él—. Lo dices como si fueras el único maldito genio en este edificio.
Kenma dejó su mochila caer al suelo, harto también. —¿Y no lo soy?
Las palabras cayeron como un balde de agua fría, y Kuroo sintió cómo la rabia se le subía por la garganta. —Te crees tan perfecto, ¿no? Sentado en tu pedestal, mirando a todos como si fueran hormigas. Pero ¿sabes qué, Kenma? Lo único que haces es esconderte detrás de números y memoria fotográfica porque no soportas ser humano como los demás.
Los ojos ámbar de Kenma brillaron con un destello de furia contenida. —Y tú… eres solo ruido. Eres popular porque hablas fuerte, porque sonríes bonito y porque los demás no saben lo fácil que eres de leer. Me aburres, Kuroo.
Ese fue el quiebre. Las voces se alzaron, chocando en medio del pasillo vacío.
—¡Eres insoportable! —rugió Kuroo. —¡Y tú un ególatra patético! —respondió Kenma, alzando por fin la voz. —¡Me enfermas, Kenma! —¡Pues deja de buscarme entonces!
El silencio posterior fue brutal, como si todo el aire se hubiera evaporado. Estaban frente a frente, respirando agitados, el naranja del atardecer tiñendo sus rostros. El corazón de Kuroo golpeaba con fuerza, la frustración quemándole la garganta.
Se miraron, retándose, odiándose, conteniéndose. Y entonces Kuroo dejó escapar un susurro ronco:
—A la mierda.
Lo sujetó por la nuca y lo besó. No fue suave, no fue dulce. Fue un beso cargado de rabia, de frustración, con lengua, con dientes, con todo lo que había reprimido. Kenma se tensó, sorprendido, sus manos apretando las correas de su mochila caída, pero Kuroo no se detuvo. No había ternura, solo un cansancio insoportable transformado en deseo brutal.
El choque de labios resonó como un golpe en medio del pasillo vacío, y aunque ninguno quería admitirlo, el odio ya no podía ocultar lo que había estado latiendo bajo la superficie todo ese tiempo.