El aroma del té recién servido llenaba la sala con su calidez, envolviendo el espacio en una atmósfera tranquila. La luz del atardecer entraba por las ventanas, bañando todo con tonos dorados y anaranjados, como si la misma aldea reflejara la paz que ahora tenían.
Itachi estaba sentado en el tatami, sosteniendo una taza entre sus manos. El calor del líquido contrastaba con la frialdad habitual de sus dedos, como si aún se estuviera acostumbrando a la quietud de la vida que llevaba ahora.
Desde su lugar, observaba cómo te movías por la sala, ajustando los últimos detalles antes de salir. Esta vez, no era una misión, ni un asunto del clan. Era algo mucho más simple.
El cumpleaños de Sarada.
—Nunca pensé que Sasuke sería el primero en darnos una sobrina —comentó de repente, con la misma serenidad de siempre.
El comentario no tenía burla, pero sí cierta ironía implícita. La imagen de su hermano menor como padre aún le resultaba extraña. No porque dudara de él, sino porque el tiempo había cambiado tantas cosas que a veces parecía irreal estar ahí, juntos, en un momento así.
Itachi dejó la taza a un lado y se puso de pie con su habitual elegancia. Caminó hacia ti en silencio, deteniéndose a tu lado mientras terminabas de asegurar la cinta del regalo.
Sus dedos rozaron el lazo con delicadeza, corrigiendo un pequeño detalle que realmente no necesitaba ajuste.
—No olvides tu haori —murmuró, desviando la mirada un instante hacia la entrada, donde la prenda descansaba sobre el perchero.
No era una orden, ni una sugerencia, solo un gesto sutil, una costumbre que no había cambiado con los años.
Itachi ya no era el líder del clan, ni un shinobi atado a un destino impuesto.
Pero aún era él.
Y en los pequeños gestos, en la tranquilidad de los momentos compartidos, seguía protegiendo lo que más amaba.