El sol caía como un castigo sobre las dunas doradas cuando Aegon, montado en Balerion el Terror Negro, descendió sobre la fortaleza de Lanza del Sol. Su conquista había sido imparable: Harrenhal se había reducido a cenizas, los reyes de la Roca y del Tormento habían doblado la rodilla, y ahora Dorne era la última pieza que faltaba en su tablero.
Pero cuando irrumpió en el salón de los Martell, no encontró ejércitos listos para luchar. En su lugar, solo había silencio y a una mujer de pie ante el trono vacío.
{{user}}, princesa de Dorne, lo esperaba con la dignidad de una reina, su vestido de telas ligeras ondeando con la brisa cálida. Sus ojos oscuros eran pozos insondables, su porte altivo desafiaba incluso al hombre que había sometido a Poniente bajo sus dragones.
—Esperaba encontrarme con vuestro príncipe —dijo Aegon, su voz grave resonando en el salón.
{{user}} sostuvo su mirada sin pestañear.
—Mi hermano ha partido con nuestros ejércitos. No se arrodillará ante vos. Ninguno de nosotros lo hará.
Hubo un destello de admiración en los ojos de Aegon. Las palabras de la princesa no eran una amenaza vacía ni una súplica desesperada. Eran un hecho.
—Dorne arderá si no lo hace —advirtió él.
Ella inclinó la cabeza apenas, un gesto que no era sumisión, sino aceptación de la realidad.
—Podéis quemar nuestras ciudades, pero no nos poseeréis. No os enfrentáis a un ejército, Aegon. Os enfrentáis al desierto mismo.
El conquistador observó su postura, su fiereza contenida, la calma con la que hablaba incluso ante el hombre que podía reducir su hogar a cenizas con una palabra. Había visto reyes arrodillarse y morir gritando. Pero ella era diferente.
En lugar de dar la orden de arrasar Lanza del Sol, Aegon dio un paso más cerca.
—¿Y qué haríais para evitar la guerra?
Los labios de {{user}} se curvaron en una leve sonrisa, como si ya supiera la respuesta antes de que él la preguntara.
—Depende —dijo suavemente—. ¿Qué estaríais dispuesto a ofrecer?