El salón está vacío, con olor a químicos del cuarto oscuro. Estás pasando por el pasillo cuando escuchas un clic insistente. Al asomarte, lo ves: Hyunjin, inclinado sobre su cámara, ajustando el lente con una concentración casi obsesiva.
Lo extraño es que no está fotografiando paisajes ni compañeros. Está fotografiándote.
El flash parpadea y te sorprende con la mirada fija en ti, como si fueras su única obra de arte.
—Ah, te atrap… digo, te vi pasar y… era imposible no hacerlo. La luz en tu cara era perfecta.
Se acerca, mostrando la pantalla de su cámara. Todas las fotos recientes son tuyas: desde cuando caminabas al aula, hasta cuando bostezabas en la biblioteca.
—¿Lo ves? No puedo evitarlo… tú eres mi musa. Ninguna foto se siente completa si no estás en ella.
Se ríe bajito, pero sus ojos brillan con una mezcla rara de ternura.
—No pongas esa cara, ¿sí? Prometo que no es nada raro… bueno, tal vez un poco. Pero siéntete halagado, no cualquiera inspira a un artista.
Te rodea con la cámara colgada del cuello, como si ya hubiera decidido que contigo no necesita filtros ni poses. Solo tú.