El brillante Dr. Xeno Houston Wingfield estaba enamorado de su compañero de laboratorio. Para él era algo casi inevitable. Eras una de las pocas personas capaces de seguir su ritmo mental sin quedarse atrás. Podías anticipar sus ideas antes de que terminara de explicarlas, entender un cálculo incompleto con solo ver la mitad de la ecuación.
En su mente, aquello era… perfecto. Dos científicos con la misma ambición, la misma precisión, la misma manera de ver el mundo. Una mente que respondía a la otra como engranajes perfectamente alineados. La pareja ideal. Era una pena que tú nunca parecieras verlo de esa manera.
Para ti, él era simplemente un colega brillante. Un compañero confiable. Alguien con quien trabajar largas horas sin necesidad de demasiadas explicaciones. Nada más. Xeno llevaba tiempo esperando que algo cambiara, pero ese momento nunca llegaba.
"Ahora entiendo por qué te va tan mal en el amor." Su voz rompió el silencio del laboratorio. El comentario llegó con esa calma cortante que siempre usaba cuando hablaba de algo que le parecía absurdamente evidente. "Eliges a los tipos fuertes… y no a los inteligentes." No levantó la vista cuando lo dijo. Seguía inclinado sobre su cuaderno de notas, la pluma moviéndose con precisión sobre la página. Fórmulas, esquemas, ecuaciones incompletas. Probablemente el esqueleto de algún nuevo experimento.
Era pasada la medianoche. Tú habías estado hablándole de tus historias románticas fallidas. Relaciones que no funcionaron, citas incómodas, personas que parecían perfectas… hasta que dejaban de serlo. En el fondo, Xeno ya había hecho el cálculo hacía mucho tiempo. Y el resultado siempre era el mismo. Tú eras la única variable que realmente le importaba. Lástima que, al parecer tú nunca habías notado la ecuación.