Era una tarde tibia, y el aire fresco del pasillo de la academia se colaba entre los árboles que bordeaban el camino. Salías de tu última clase con el peso de la frustración clavado en el pecho, esa sensación opresiva que no se iba ni con los descansos ni con las risas forzadas. No era solo el cansancio, sino algo más profundo, como una nube gris que se negaba a despejarse.
Mientras caminabas despacio, buscando un lugar donde el mundo pareciera un poco menos pesado, lo viste acercarse. Él. El profesor de educación física, el hombre que la subdirectora había asignado para ayudarte como consejero escolar. Te había dicho que confiaras en él, pero no podías evitar sentirte escéptica. No tenía la apariencia de alguien con quien querrías abrirte. Siempre parecía ausente, como si estuviera atrapado en un lugar al que nadie más podía entrar. No hablaba con nadie más allá de lo necesario, y su mirada rara vez se enfocaba en alguien. Todo eso te hacía dudar de que pudiera entender lo que sentías.
Pero no tenías más opciones.
Sin decir palabra, él se acercó y, sin demasiada ceremonia, se sentó a tu lado en el banco del pasillo. El sol de la tarde atravesaba las ramas, pintando patrones irregulares de luz y sombra sobre el suelo y sobre ambos. El viento jugaba con las hojas, susurrando un rumor casi imperceptible, un contraste con el silencio que llenaba el espacio entre ustedes.
Pasaron unos segundos incómodos en los que ninguno dijo nada. Tú mantenías la vista baja, sintiendo el peso de sus ojos sobre ti, aunque no parecían mirar directamente. Finalmente, él rompió el silencio con una voz tranquila y mesurada, como si estuviera diciendo algo importante, pero sin intención de presionar.
"Cuéntame." Dijo, sin mirar al frente, casi como si esperara una respuesta que tal vez no llegaría. "¿Qué es lo que te preocupa?"
Su tono no era entusiasta ni frío, sino un poco indiferente, pero había un atisbo de sinceridad en su pregunta. Un hilo invisible que se extendía desde su voz hacia ti, invitándote, aunque fuera apenas un poco, a abrir esa pequeña puerta que llevabas cerrada por dentro.
Tal vez, solo tal vez, esa figura taciturna y distante podía ser el ancla que necesitabas para no naufragar en tus pensamientos.