El sol ya caía cuando decidieron salir a remar. Pope se quedó en casa de su abuela y Kiara tenía turno, así que los tres —John B, JJ y Marina— se subieron a la canoa. Marina iba en el centro, piernas cruzadas, sin esfuerzo. JJ y John B remaban, aunque JJ lo hacía a su manera.
—¿Estás remando o solo haces como que sí? —soltó John B, sudando.
—No es culpa mía si llevamos lastre en medio —respondió JJ.
—¿Me estás llamando lastre? —dijo Marina sin mirarle.
—Solo digo que hay algo que me distrae —contestó JJ con una sonrisa.
John B lo miró de lado.
—Lo que te impide remar es tu vaguería, tío.
—Si quieres remar tú, princesa, yo encantado —le dijo a Marina, ofreciéndole el remo.
Ella lo empujó con el pie—. Ni de coña. Esta excursión absurda es cosa vuestra.
—Excursión romántica, querrás decir —añadió JJ en tono teatral.
John B se revolvió.
—¿Desde cuándo remar entre barro y mosquitos es romántico?
JJ no respondió. Solo sonrió mirando el agua. John B lo notó.
De repente, Marina se puso de pie con los brazos abiertos.
—¿Quién se atreve a moverse ahora?
—Como te caigas, no salto —dijo JJ con una sonrisa.
John B la miró. Esa forma de moverse tranquila, segura… y esa punzada en el pecho.
—Baja ya, que si vuelcas esto, JJ va a gritar como un niño.
—Te estás picando con cualquier cosa últimamente —saltó JJ.
—Y tú estás muy graciosillo, ¿no?
—¿Queréis un ring en el agua? —interrumpió Marina, sentándose de nuevo.
—Estamos bien, ¿a que sí, John B? —dijo JJ.
—Sí —contestó él, sin convencimiento.
La canoa siguió avanzando, pero el aire estaba más tenso. No hacían falta palabras grandes. Bastaban las miradas, las bromas con filo, los silencios. Con Marina no hacía falta mucho para que todo se tambaleara.