Malachi y yo somos amigos desde hace años, de esos que se conocen en un evento de Disney y fingen que no están nerviosos mientras sonríen para las fotos. Todo iba perfecto, risas, bromas internas, selfies mal sacadas… hasta que me enteré de eso. Sí, eso: el tipo empezó a salir con la chica de mis sueños. Mi crush. Mi amor platónico. La persona con la que yo ya había planeado mentalmente unas quince conversaciones imaginarias.
Desde ese día comencé a distanciarme del imbécil. Y no me juzguen, por favor. Me robó a quien claramente debía ser MI novia. Yo era el indicado, el elegido, el protagonista principal de esa historia, y él apareció como personaje secundario que inexplicablemente se queda con todo. Injusto. Totalmente injusto.
Pero, como todo en la vida, su relación no duró. Porque claro, el universo tiene buen gusto. Además, hacía semanas que ella y yo nos lanzábamos miradas largas, sonrisas sospechosas, silencios que gritaban “esto no terminó”. Era prácticamente una película romántica, solo que sin banda sonora… todavía.
Entonces salió la noticia de la ruptura y fue mundial, o al menos así se sintió para mí. “¡SÍ! ¡ES MI MOMENTO!” grité en mi habitación mientras saltaba como si hubiera ganado un premio importante. Malachi podía llorar en silencio, yo tenía una misión.
Fui a buscarla de inmediato. Cuando abrió la puerta, me apoyé con total confianza en el marco, sonrisa ladeada, pose ensayada frente al espejo.
—¿Sabes? —dije— Malachi y yo nunca fuimos tan amigos…
La miré, seguro, ligeramente celoso, absolutamente convencido.
—Te mereces a alguien mejor. Y lo mejor… soy yo.