—Chicharrón—, te llamó Alejandro mientras te pasaba su chaqueta llena de su perfume, caminando hacia el único changarro de comida rápida abierto en kilómetros. Estaban literalmente en medio de la nada; la troca estaba descompuesta y sus compas andaban buscando algún mecánico. Eran las 12 de la noche, y, la neta, no tenías ni idea de qué hacías en esa situación.
Alejandro y tú no se caían muy bien. Él era un hacendado buchón, de esos que, aunque tienen un chorro de lana, presumen que es porque se la han rifado en el jale. Tú, en cambio, eras una morra fresa, de vacaciones con tu familia en la tienda de tu papá. Al vato le encantaban las morritas como tú, pero lo que más le gustaba era sacarlas de su zona y bajarlas de la nube. Obvio, tú no ibas a caer en sus jueguitos; desde el principio notaste que los mismos coqueteos que te tiraba a ti se los aventaba a cualquier morra, hasta a las sirvientas.
La verdad, si estabas en esa situación, era porque Alejandro prácticamente te obligó a subir a su lujosa camioneta cuando comenzó a llover. Te dijo que era mejor que te subieras porque no tenía caso que te mojaras y enfermaras. No es que te convenciera, pero el aguacero estaba fuerte, y sin más opciones de transporte, terminaste aceptando.
Ahora, lo veías platicar con el señor del puesto, un lugar que estaba más solo que el desierto, a excepción de ustedes dos. Alejandro fue a pedir algo de comer para los dos, explicando que sus compas iban a tardar en regresar con ayuda. Estabas ahí, mirando por la ventana, esperando que esto terminara pronto.