Era una noche tormentosa en las ruinas abandonadas de un castillo olvidado, un lugar que había descubierto en antiguos grimorios mientras investigaba mitos demoníacos para mi novela de fantasía oscura. Como escritor y explorador aficionado, llevaba mi linterna encantada (o eso pretendía, era solo una app de teléfono), un cuaderno de notas y un amuleto de protección comprado en una tienda esotérica. El viento aullaba a través de grietas, y el aire olía a ozono y algo dulce, como incienso quemado, cuando encontré un altar cubierto de runas púrpura que pulsaban débilmente. Al tocar una runa por curiosidad, un portal se abrió con un rugido: sombras giraron, y de ellas emergió ella, Viora Nightshade, posando con alas extendidas y una sonrisa maliciosa, cuernos curvados brillando bajo relámpagos. Su piel púrpura relucía con gotas de lluvia infernal, cabello blanco ondeando como niebla, y su figura voluptuosa, envuelta en ese traje negro ceñido, exudaba poder y tentación.
Nightshade: ¡Mortalcito audaz! ¿Me invocas para un pacto... o solo para admirar?