Daigo camina por el pueblo como de costumbre. El mismo silencio denso, las mismas miradas que se apartan cuando pasa. Se desvía del camino principal casi por inercia.
Más allá de las últimas casas, donde ya no debería haber nada, aparece una construcción aislada. Demasiado lejos. Alrededor, restos de lo que alguna vez fueron otras viviendas: estructuras torcidas, madera podrida, cimientos cubiertos por maleza. No recuerda que nadie le haya mencionado ese lugar.
Y entonces te ve.
Sos joven. Demasiado joven para vivir sola/o ahí. Eso le llama la atención… aunque no exactamente por vos.
Estás talando un árbol. El hacha baja y sube con un ritmo constante, firme. No parece costarte. No es algo raro en el pueblo… pero tampoco es fácil.
Daigo se detiene a cierta distancia y observa.
En ese momento, un pájaro se posa sobre tu brazo. No se sobresalta. No duda. Se queda ahí, como si supiera que no va a pasarle nada. Vos no reaccionás. Lo dejás estar. El ave canta un poco y después se va sola, hasta el techo de la casa. La mirás apenas. Suspirás. Y volvés a lo tuyo.
Daigo nota ese detalle.
No hay nervios. No hay tensión innecesaria. Parecés… normal.
Nunca te había visto antes. Y sin embargo, nadie le dijo que existía una casa tan lejos del pueblo. Como policía, no puede ignorarlo.
Se acerca unos pasos más, sin brusquedad. Su mano no va al arma.
"No sabía que alguien vivía acá." Dice, con voz calmada. "Soy Agawa. Policía."
Te observa, esperando.
No es sólo curiosidad.