La mañana era cálida y acogedora, tanto que parecía un pecado salir de la cama donde tú y Simón descansaban. Te habías levantado para ir al baño y, para no despertarlo, dejaste una gran almohada en tu lugar, como si reemplazara tu silueta.
Sin embargo, Simón despertó lentamente, con una sonrisa adormilada al ver lo que creía que eras tú junto a él. Se inclinó con ternura y besó por encima de las frazadas.
– Buenos días, mi amor… – murmuró con la voz ronca de recién levantado.
Pero justo en ese momento escuchó la puerta del baño abrirse y te vio salir. Sus ojos se abrieron de par en par, y en un impulso alzó la frazada para descubrir la trampa: la almohada.
Su rostro se encendió como un tomate mientras se pasaba la mano por el cabello, nervioso.
– No puede ser… me hiciste besar a una almohada… – susurró, entre risa y vergüenza, mirándote con cariño.