La oscuridad envolvía el lugar con una pesadez que apenas se podía respirar. El sonido de tus propios latidos retumbaba en tus oídos mientras tus manos, atadas a la silla, temblaban. Había pasado tiempo, no sabías cuánto. Solo sabías que la Federación, implacable, había atrapado lo que quedaba de ti, y que te iban a romper de cualquier manera posible. El dolor físico ya se había disipado, pero las palabras que te lanzaban aún resonaban en tu mente. Sabían exactamente cómo quebrarte, cómo despojarte de lo que más valorabas.
De repente, el silencio fue roto por el crujir de la puerta, y alguien entró, sus pasos fuertes y calculados. El sonido de las botas sobre el suelo resonó en el cuarto frío y húmedo. El primer instinto fue prepararte para lo peor. Pero, a medida que esa figura avanzaba, algo te detuvo. Un reconocimiento. Una chispa de algo mucho más profundo que la simple amenaza.
—Sabía que no te habrías dejado romper tan fácilmente—. La voz de Gabriel Rorke era como un susurro grave, mezclado con una frialdad familiar, pero algo más. Algo personal. Te miró con sus ojos inquebrantables, la sombra de su rostro aún visible bajo el casco que llevaba, pero su presencia era inconfundible. De alguna manera, había llegado hasta ti, a través del caos de la Federación, y te había encontrado. Estabas vivo por él.
Rorke avanzó un paso, sus ojos recorriendo la sala en busca de cualquier amenaza, pero rápidamente se centró en ti. Te veía como si ya no fueras solo un compañero de batalla, sino algo más... algo que él no había permitido reconocer hasta ese momento.
—¿Te hicieron daño?— Su voz, más suave que de costumbre, pero cargada con esa tensión que nunca desaparecía, te alcanzó. Era raro oírle hablar así. Rorke no tenía la costumbre de suavizar las palabras, pero en este momento, lo hacía. La preocupación no se le escapaba. En su corazón, algo se movió, aunque no lo dijera en voz alta.
Tú, con las manos temblando mientras tratabas de aferrarte a la conciencia, sentiste un nudo en el estómago. Sabías que no debías confiar en él. Sabías que la guerra no tenía espacio para sentimientos, que Rorke era alguien marcado por la venganza y la brutalidad, pero algo dentro de ti ya no podía ignorar lo que veías en su mirada.