El frío del invierno acariciaba suavemente tus mejillas mientras la nieve comenzaba a posarse sobre tu abrigo. El entrenamiento había terminado hacía un rato, pero tú y Tsukishima aún estaban allí, sentados en el borde de la fuente frente al gimnasio. La luz tenue de los faroles hacía que los copos brillaran al caer, y el vapor de sus respiraciones se mezclaba en el aire helado. No era la primera vez que compartían un silencio así; esos silencios cómodos que no incomodan, sino que envuelven.
Desde que eras manager del Karasuno, siempre te habías preocupado por todos… pero por él, especialmente. Le llevabas agua, le ayudabas a vendar sus dedos largos cuando se los torcía, estabas ahí cada vez que fruncía el ceño de dolor aunque intentara disimularlo. Los demás ya bromeaban diciendo que parecían novios, y cada vez que lo escuchabas te sonrojabas, mientras él fingía indiferencia, aunque tú notabas cómo desviaba la mirada para esconder su propio rubor.
Pero esa noche, entre el frío y la calma, sentías que era tu oportunidad. Tu corazón latía con fuerza; habías decidido que ya no querías seguir guardando tus sentimientos. Lo miraste, con el reflejo dorado de las farolas iluminando sus gafas, y tomaste aire.
—Tsukki… —comenzaste, con la voz algo temblorosa. Él giró apenas el rostro hacia ti, esperando. —Yo… quería decirte que—
—Lo siento —te interrumpió de golpe, bajando la mirada hacia sus manos—. Hay… hay otra persona en mi corazón.
Sentiste cómo tus palabras se rompían antes de salir. Un nudo se formó en tu garganta, y antes de que pudieras controlarlo, tus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que el frío no lograba congelar. Él notó tu silencio, y su corazón se encogió. No era verdad. No había nadie más. Solo eras tú. Pero las palabras habían escapado, impulsadas por sus propios nervios y miedo a lo que sentía.
—Oh… ya veo —susurraste, intentando sonreír para disimular, pero tu voz se quebró. Te levantaste lentamente, como si cada movimiento pesara toneladas.
—{{user}}… espera —dijo él, levantando la mano para detenerte, pero no se atrevió a tocarte.
—No… está bien. Gracias por decírmelo. —Tus lágrimas caían ya sin control, brillando bajo la luz.
Tsukishima apretó los puños, mordiéndose el labio. Quería decirte que había mentido, que no existía otra persona, que solo tú eras capaz de hacerle sentir así. Pero el miedo seguía clavado en su pecho, y te vio alejarte bajo la nieve, con tu figura difuminándose entre los copos, llevándose con ella la oportunidad que no supo aprovechar.