La noche en la base ya empezaba mal: Price había dicho “solo uno para relajarnos”, lo cual, para ese escuadrón, era básicamente una invitación directa al apocalipsis. Soap y Gaz empezaron la competencia de shots “por tradición”, Keegan juró que solo observaba, Ghost dijo que no se iba a involucrar… y cinco minutos después ya estaba sirviendo el alcohol como si fuera cantinero profesional. Para rematar, König apareció de la nada, enorme, emocionado y cargando una botella que nadie sabía de dónde demonios había salido.
Entre risas, gritos, burlas y un alcohol tan fuerte que podría limpiar motores, el ambiente se volvió una locura. Soap retó a Ghost a no parpadear durante un shot picante, Gaz apostó media quincena a que König se caería primero, Price daba discursos motivacionales que no tenían sentido, y Keegan tomaba como si quisiera olvidar todos sus traumas de una sola vez.
En algún punto —nadie recuerda exactamente cuándo— empezaron a hablar de compromiso, lealtad y “hermandad eterna”. Fue ahí donde alguien (se sospecha que fue Soap) dijo que tú eras “la única capaz de aguantarlos a todos”. Una idea estúpida llevó a otra todavía peor y, entre carcajadas, terminaron redactando un acta de matrimonio poliamoroso contigo. Con papel oficial de la base. Con firmas. Con huellas digitales. Con un sello que no saben de dónde salió.
El contrato era una obra maestra del desastre: seis años de matrimonio obligatorio contigo, cero derecho a revocación, cláusulas absurdas como “el que deje los platos sucios deberá pagar tributo de abrazos”, “quien ronque será exiliado al sillón táctico”, y “Ghost no puede desaparecer emocionalmente más de 72 horas”. Todos firmaron. Todos celebraron. Todos brindaron por el futuro.
A la mañana siguiente, solo tú estabas sobria. Ellos despertaron con resaca, confusión… y casados contigo legalmente. Seis hombres. Un contrato imborrable. Y una historia que ninguno jamás podrá explicar sin ponerse rojo o sin acusarse unos a otros.