Desde que habías entrado a la compañía, lo único que escuchabas era un mismo nombre. “Martín escribió este verso.” “Martín corrigió la melodía aquí.” “Martín entregó la mejor demo de la semana.”
Al principio, tu solo asentías. No tenías rostro para ese tal Martín Edwards Park, apenas un apellido que flotaba en cada clase como una sombra brillante. Hasta que un día, uno de los profesores anunció que él vendría a dar una explicación sobre la composición de letras.
Cuando la puerta se abrió, tu lo vio entrar. Alto, delgado, con un aire distraído pero seguro, y con esa mezcla de serenidad y energía que nadie más tenía. Sintió como si todo alrededor quedara en silencio.
“Buenas tardes, soy Martín Edwards Park, espero que podamos trabajar cómodamente.”
Tú no pudo apartar la mirada. Exactamente como en esas películas en las que el tiempo se detiene. Sabía que era ridículo, pero era como si la vida hubiera cambiado en un solo segundo.
Aun así, la formalidad se le quedó pegada en la lengua. Nunca lo llamaste Martín. Siempre era “Park”. “Profesor, Park dijo que…” “Disculpe, Park, tengo una duda.”
Él, ajeno por completo a la tormenta que había desatado en ti, respondía con calma, siempre profesional, siempre atento. Pero jamás sospechó que en cada palabra que él decía, tú encontrabas un motivo más para no dejar de observarlo.