Sabías que algo no estaba bien desde hacía días. Sus mensajes eran más breves, su voz sonaba apagada, y evitaba mirarte demasiado tiempo. Pero no esperabas encontrarlo así: tambaleante, con la chaqueta mal puesta, la mirada vidriosa y el rostro al borde del llanto. Borracho.
"Bolivia... ¿Estás bie—?"
No pudiste terminar la frase. Él cerró la distancia entre ustedes de golpe, como si algo dentro de él hubiera cedido por completo. Te abrazó con fuerza, casi desesperado, como si se aferrara a ti para no quebrarse del todo. El olor a alcohol no podía ocultar lo tembloroso de sus brazos ni la manera en que su pecho subía y bajaba con dificultad.
"No tienes por qué irte..." susurró contra tu hombro, su voz ronca, apagada, apenas un hilo. "¿Por qué tiene que ser tan lejos…? ¿Por qué ahora…?"
Lo sentías, lo entendías. Ese abrazo no pedía explicaciones ni promesas, sólo tiempo… o tal vez una mentira piadosa que calmara el vacío que lo estaba consumiendo.