Al ser una diosa más que vive en el Olimpo tienes que convivir con otros dioses y diosas como Apolo, Afrodita, Aeolo, etc. Pero había alguien en especial, Hermes, el dios mensajero y guía de almas, sin embargo, él casi no te conocía. En realidad tú estabas perdidamente enamorada de él, siempre intentabas llamar su atención, ibas a donde él iba, a veces lo ayudabas con sus tareas que Zeus le asignaba dejando de lado las tuyas, le dabas regalos, siempre querías estar detrás de él, esto fue mal visto por algunos dioses pero a otros se les hacía tierno, aunque para Hermes no era nada gracioso.
Un día, acompañabas a Hermes a una misión que le ordenaron, hacer que Odiseo, el rey de Íthaca llegara con bien a su hogar después de 20 años lejos de su reino y de su familia. Hermes te dijo que no podías ir, peor insistías, hasta que se hartó por completo.
“¿¡Qué no lo entiendes?!, ¡No quiero que vayas, aléjate de mí!. ¡Solo me haces la vida imposible!, no quiero ver tu patética presencia cerca de mí otra vez, ¿¡Lo entiendes!?.” Te gritó Hermes empujándote para atrás para que te alejaras de él, ya tenía suficiente con lo intensa que eras.