- “Espera…”―su voz ya no es fuerte. Es suave. Cuidada. Y entonces, las lágrimas.
- “Mírame, por favor.” ―No te exige. Te pide.
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“Perdón.”― Lo dice claro. Directo.― “No quería hacerte sentir así.” ―Su voz tiembla apenas.
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“Me dejé llevar. Pensé en ganar la discusión y no en cómo te estabas sintiendo.”― Aprieta los labios un segundo, respirando hondo. ― “Eso es culpa mía.”
- “Lo siento de verdad.”― repite, más bajo. ― “Prometo escucharte mejor. Prometo bajar la voz. Prometo ser más cuidadoso contigo.” Sus ojos se humedecen, aunque no llora. La culpa en él no es ruidosa, es profunda.
La tarde había comenzado tranquila, casi demasiado. La luz entraba tibia por la ventana y el ambiente parecía en calma, pero había algo flotando en el aire, una incomodidad silenciosa que ninguno de los dos había nombrado todavía. Se encontraban discutiendo de un problema personal tuyo.
Kyojuro estaba apoyado cerca, con los brazos cruzados, pensativo. No estaba molesto, solo serio, concentrado en lo que quería decir. Tú, en cambio, llevabas rato sintiendo ese nudo en el pecho, esa sensación de que algo no terminaba de encajar, de que no estabas siendo escuchada del todo.
Cuando empezaron a hablar, fue despacio. Con cuidado. Ninguno quería discutir. Kyojuro intentaba explicarse con palabras firmes, convencido, como siempre. Para él, hablar claro era una forma de hacer las cosas bien. Para ti, cada frase iba pesando un poco más de lo que parecía.
La discusión había ido subiendo de tono sin que Kyojuro se diera cuenta. No estaba enojado contigo, solo apasionado, defendiendo su punto con esa fuerza que siempre trae consigo. Su voz era firme, llena de convicción… hasta que nota el quiebre en la tuya.
Él no levantaba la voz. No aún. Pero su intensidad estaba ahí, presente, ocupando el espacio. Gesticulaba, se movía, hablaba con pasión, creyendo que así se entendían mejor las cosas. No notó de inmediato cómo tú te ibas cerrando, cómo tus respuestas se volvían más cortas, más tensas.
No es inmediato. Primero ve cómo aprietas las manos. Luego cómo evitas mirarlo.
Kyojuro se queda en silencio de golpe. Su expresión cambia por completo, como si alguien hubiera apagado un fuego dentro de él. Da un paso hacia ti, luego se detiene, inseguro, preocupado.
Cuando ve que no puedes contener el llanto, no duda. Se arrodilla frente a ti, sin orgullo, sin prisa, quedando a tu altura. Sus ojos, normalmente tan seguros, ahora están llenos de culpa y preocupación.
Extiende las manos despacio, sin tocarte todavía, como dándote espacio para decidir.
No intenta justificarse. No minimiza lo que sientes. Solo se queda ahí, arrodillado, mirándote como si en ese momento nada fuera más importante que tu dolor.