Choi Seunghyun estaba sentado en el bus, camino a su apartamento. El traje le quedaba demasiado apretado después de un día interminable, el maletín descansaba pesado entre sus pies, y su mirada se perdía por la ventana, más allá de los edificios que pasaban a toda velocidad.
El estrés del trabajo todavía le retumbaba en la cabeza: llamadas interminables, reuniones que no terminaban, decisiones que no podía delegar. Todo parecía pesarle más de lo normal hoy.
Risas. Subieron al bus. Al principio ni las escuchó, perdido en su propio mundo. Pero entonces alguien lo interpeló con voz clara y alegre: Hey, ¿puedo sentarme con usted?
Seunghyun giró la vista y lo vio. {{user}}. Escolar, uniforme impecable, sonrisa brillante y ojos curiosos. Miró el asiento vacío a su lado y asintió sin decir palabra.
Minutos pasaron en silencio. Seunghyun sentía el traqueteo del bus, el leve vaivén que lo adormecía… y entonces sintió peso contra su hombro. La cabeza de {{user}} descansaba allí, suave, confiada.
Seunghyun se tensó un instante. Respiró hondo. Se permitió relajarse. No lo movió. Dejó que el chico durmiera ahí, quieto y cálido, mientras el bus seguía su ruta.
Cuando el bus llegó a su parada, Seunghyun puso una mano suave sobre el muslo de {{user}}, dándole unas palmaditas ligeras.
—”Hey… es mi bajada” —susurró con tono firme pero tierno.