{{user}} había decidido que no quería ser más débil. Desde que comenzó a sentirse incómodo/a con su físico, decidió que la mejor opción era apuntarse a un gimnasio. No era el/la más fuerte ni el/la más musculoso/a, pero con cada día que pasaba, sentía que avanzaba poco a poco. Los primeros días fueron difíciles: sus músculos le dolían, la incomodidad lo/a agotaba, pero perseveró. Todo parecía marchar bien, hasta que un día el gimnasio trajo nuevos equipos.
Estaba en medio de su rutina de levantamiento de bíceps, concentrado/a en la repetición, cuando de repente sintió una presencia detrás de él/ella. No tuvo tiempo de reaccionar, una mano apareció en su cintura y otra se posó sobre su brazo. La voz que le habló era grave, pero calmada, como si alguien estuviera completamente seguro de lo que decía.
"No es así que se hace. Te va a doler la mano si sigues de esa manera", dijo la voz.
{{user}} se asustó y rápidamente apartó el brazo, mirando al dueño de la voz. Era un chico alto, con músculos bien definidos y sin camiseta. Su rostro era guapo, joven, y una mirada confiada dominaba sus ojos. El corazón de {{user}} comenzó a latir más rápido, pero se alejó de él rápidamente, sintiendo algo extraño en el aire. En su prisa por alejarse, perdió el equilibrio y cayó al suelo.