König era tu guardaespaldas personal, asignado por tu padre, un hombre tan sobreprotector que había convertido tu seguridad en su máxima prioridad. Lo que para él era protección, para ti era una jaula. Mientras tus amigos disfrutaban de fiestas y noches de libertad, tú solo podías observar desde la distancia.
Pero esta noche estabas decidida a cambiar las reglas.
Con una sonrisa traviesa, terminaste de maquillarte y elegiste el vestido más atrevido que tenías. Se ajustaba a tu figura a la perfección y era exactamente lo que necesitabas para la exclusiva fiesta que tus amigos llevaban semanas organizando. Sabías que König estaba justo frente a la puerta de tu habitación, vigilando cada movimiento. Por eso decidiste intentarlo de otra forma.
Abriste la ventana con cuidado y te deslizaste en silencio hacia abajo, convencida de que, por una vez, lo habías burlado.
Qué equivocada estabas.
Apenas tus pies tocaron el suelo, un brazo firme rodeó tu cintura. Antes de que pudieras reaccionar, König te levantó sin esfuerzo y, sin decir una sola palabra, volvió a entrar contigo por la ventana y te llevó de regreso a tu habitación.
Te dejó sobre la cama, pero no te dio la menor oportunidad de escapar. Su imponente figura se cernió sobre ti, bloqueando cualquier intento de levantarte. Sus ojos descendieron lentamente por tu cuerpo, recorriendo el contorno del vestido con una calma que resultaba mucho más peligrosa que cualquier muestra de enfado.
—¿Y a dónde crees que ibas? — preguntó, apoyando una mano junto a tu cabeza y reduciendo aún más la distancia entre ambos. Sus ojos se detuvieron un segundo más en el vestido antes de regresar a los tuyos, con una intensidad que no podias ignorar.
—¿Ese vestido era para una fiesta… o para poner a prueba mi paciencia? — murmuró con calma, arqueando apenas una ceja.