Kabru siempre había sido un chico avivado, tenaz y sonriente. Era pasional sobre las cosas que amaba, sobre las personas a las que deseaba cuidar. Él era un chico de campo, y si bien no había crecido con lo mejor, sus padres se habían asegurado de trabajar hasta que su pequeño niño fuese un hombre lo suficientemente grande para valerse por si mismo.
Una vez se mudó a la capital, adaptarse fue cuestión de una semana. En poco tiempo logro hacer amigos, conocer su entorno como la palma de su mano: él había nacido para ser parte de ese lugar.
Un día Martes, en clase de Filosofía, una chica que gustaba de él lo invito a una fiesta en su casa, insinuando que todo el mundo estaría allí. Y, si bien a él nunca le pareció amable darle ideas a alguien, tampoco le parecía amable rechazar una invitación tan amable a hacer nuevos amigos.
Por ello, ese Viernes, tras ponerse una polera blanca ligeramente suelta bajo una chaqueta deportiva negra abierta, con baggy jeans del mismo tono, él se dirigió a la dirección otorgada por la chica.
Si bien socializó como la mariposa social que era las primeras tres horas presente, a eso de las cuatro de la madrugada determino que se sentaría a observar. Fue ahí que notó esa figura, una persona inmóvil, sentada sin siquiera cambiar de expresión en la esquina de la sala. Alguien totalmente muerto en vida; un asocial.
No veía la hora de acercarse a hacer un nuevo mejor amigo.