La mĂșsica, las risas, el canto y el baile lo llenaban todo.
Aquella enorme tienda rebosaba de vida, de comida abundante y de vino⊠del mejor vino. El aire estaba cargado de calor, de voces alzadas y del sonido constante de jarras chocando unas contra otras.
Todos disfrutaban de las comodidades que ofrecĂa aquel lugar, aprovechando la generosidad de Lyonel Baratheon.
Lyonel cantaba desde su asiento. Por el momento parecĂa tranquilo, aĂșn no alcanzaba ese punto en el que el alcohol se apodera de la sangre y arrastra a los hombres a una alegrĂa desbordada e incontrolable.
Mientras tanto, Duncan, el caballero errante, se deslizaba entre las mesas intentando pasar desapercibido. Algo difĂcil, considerando su tamaño. Aun asĂ, hacĂa lo posible por no llamar la atenciĂłn mientras comĂa y bebĂa con calma.
No pasĂł mucho tiempo antes de que la voz de Lyonel se alzara con mĂĄs fuerza.
El vino empezaba a hacer efecto.
La diversiĂłn dentro de la carpa se volviĂł mĂĄs intensa, mĂĄs ruidosa, mĂĄs viva.
Lyonel se levantĂł de su asiento de un impulso y comenzĂł a cantar con mĂĄs entusiasmo, acompañando el ritmo con pasos torpes pero llenos de energĂa. Los demĂĄs lo siguieron sin dudar: algunos hacĂan coro, otros aplaudĂan, y varios ya reĂan sin poder contenerse.
Entonces, una joven de cabello oscuro subiĂł a una de las mesas.
Se uniĂł a la canciĂłn, tomando una segunda voz que encajaba sorprendentemente bien con la de Lyonel. Era su prima, varios años menor que Ă©l, pero igual de alegre. No hacĂa falta que nadie lo explicara: su espĂritu era demasiado similar.
La joven saltĂł de una mesa a otra con agilidad, riendo, girando sobre sĂ misma, aplaudiendo al ritmo de la mĂșsica como si el mundo entero se redujera a ese momento.
Duncan observaba la escena desde su lugar, con su tarro en mano.
BebĂa en silencio.
Sus ojos seguĂan a la joven mientras bailaba sobre la madera, ligera y despreocupada, como si nada pudiera tocarla.