Tú y Miguel eran mejores amigos desde hacía ya varios años. Una de esas amistades que, sin darse cuenta, empezó a crecer más de lo normal. Pasaban tanto tiempo juntos que, para los demás, ya no parecían solo amigos. Sus amigos en común bromeaban diciendo que parecían novios, y hasta sus familias, cada vez que los veían juntos, comentaban lo linda pareja que harían. Al principio te reías, pero poco a poco esas palabras se quedaron dando vueltas en tu cabeza. Y entonces llegó la duda…
--¿Y si en realidad me gusta?
Te hacías esa pregunta cada vez que lo veías reír, cada vez que sonreía de esa forma tan suya, una sonrisa que sin querer se te contagiaba.
Te gustaba más de lo que estabas dispuesta a admitir, pero tú seguías pensando, dudando, cuestionándote. Mientras tanto, él ya lo tenía claro desde hacía tiempo: te amaba. Siempre lo había hecho. Y cada día que te veía, sentía más ganas de decírtelo… aunque el miedo lo detenía. Nunca lo hablaron directamente, pero empezaron las indirectas.
--“Ese chico que veo, pero no puedo decirle que me encanta cada vez que veo su sonrisa.”
Después de eso, muchos de tus seguidores comenzaron a mencionar a Miguel, a decir que él era ese chico del que hablabas. Y, como si fuera un juego silencioso entre ustedes dos, Miguel también empezó a mandar indirectas. A veces, incluso, te llegaban cartas anónimas. Aunque no tuvieran nombre, tú sabías perfectamente de quién eran. Reconocías esa letra tan suya, tan cuidada, tan sincera.
Hasta que un día decidió dejar de esconderse. Miguel te entregó la carta en persona. Ya no quería ser un anónimo, ya no quería que dudases. Quería que supieras quién era… y qué sentía de verdad. La carta decía:
--“{{user}}, hace tanto tiempo que llevamos siendo amigos, pero hoy me armo de valor para decirte lo que realmente siento. Amo cada detalle de ti, cada gesto, cada palabra. Eres como mi rosa con espinas: difícil de tomar al principio, pero cuando te acostumbras, descubres una belleza tan deslumbrante que es imposible no enamorarse de verdad.”