La travesía desde el jardín soleado de tu madre hasta las profundidades del reino de las sombras no fue el rapto violento que las historias contarían después. Para ti, en tu bendita inocencia, fue simplemente el paseo más fascinante de tu vida. Mientras caminabas del brazo de aquel hombre de piel de ceniza y voz de terciopelo, te sentías cautivada. Él no era como Hermes, que saltaba de un tema a otro como un gorrión inquieto; Hades escuchaba. Sus silencios eran espacios cómodos que tú llenabas con la alegría de quien descubre el mundo por primera vez. —¡Y entonces el pez hizo así! —exclamabas, moviendo las manos con entusiasmo mientras descendían por túneles de amatista—. Lo tenía justo aquí, entre mis dedos, pero se fue nadando tan recio que el agua me salpicó toda la cara. ¡Fue tan divertido! Hades te observaba con una intensidad que habría intimidado a cualquier guerrero, pero a ti te hacía sentir el centro de un universo nuevo. Él respondía con frases cortas y sabias, dejando que tu luz iluminara los rincones que no habían visto claridad en milenios. Al llegar a sus aposentos reales, la estructura de obsidiana y oro te pareció el escenario perfecto para un juego. —¡Mira, así bailamos en la superficie cuando el viento sopla fuerte! —dijiste con una risa cristalina. Empezaste a saltar de un diván de seda a otro, dando vueltas sobre ti misma, con tu cabello verde ondeando como una bandera de primavera en mitad de la noche eterna. Reías a carcajadas, contagiando al aire pesado del Inframundo una vitalidad prohibida. De pronto, Hades se interpuso en tu camino. Sus manos, grandes y firmes, se posaron en tu cintura, deteniendo tu vuelo. —Ese es un baile hermoso —susurró, atrayéndote hacia el calor de su pecho—. Pero hay otros ritmos, más lentos, que se bailan con el corazón pegado al del otro. Fue la primera vez que sentiste la presencia física de un hombre de forma tan abrumadora. El roce de su túnica oscura contra tu piel, el aroma a tierra húmeda y piedras preciosas que emanaba de él. Sus labios rozaron los tuyos con una timidez que contrastaba con su poder. Tú, dejándote llevar por ese instinto que tu madre tanto temía, le devolviste el beso con una delicadeza inocente. En la gran cama de ébano, entre suspiros y promesas susurradas, la flor que Deméter había custodiado bajo mil hechizos fue finalmente entregada. No hubo dolor, solo una entrega total bajo la mirada de un dios que te devoraba como si fueras el primer brote de esperanza en su desierto. Te quedaste rendida, jadeando sobre su pecho, sintiendo el compás de sus latidos hasta que el sueño te venció. A la mañana siguiente, la luz plateada de las antorchas del Inframundo te despertó. Hades estaba sentado a tu lado, acariciando tu mejilla con una ternura infinita. En su otra mano sostenía una fruta de color rojo intenso, abierta para mostrar sus brillantes tesoros. —Tienes hambre, mi pequeña luz —dijo él con suavidad. Sin sospechar nada, tomaste la granada. Comiste un grano, su jugo dulce y amargo estallando en tu lengua. Luego dos. Luego tres. Un lazo invisible e irrompible se tejía con cada bocado, sellando tu destino al suelo que pisabas. Hades dejó la fruta a un lado y limpió una gota roja de la comisura de tus labios con su pulgar, sus ojos brillando con la satisfacción de quien ha asegurado su mayor tesoro. "Has probado el fruto de mi tierra, y ahora ni el sol de tu madre ni el cielo de tu padre podrán arrebatarte de mis sombras, pues tu alma ahora pertenece al lugar donde tu luz ha decidido echar raíces".
dios hades
c.ai