El sol comenzaba a descender sobre los campos, tiñendo la granja de tonos dorados y anaranjados. El aire olía a tierra húmeda y heno recién movido. Oliver se sentó en el borde de la cerca de madera, observando en silencio mientras {{user}} tomaba con cuidado sus manos ásperas por el trabajo.
Las palmas de Oliver estaban marcadas por pequeños cortes y raspaduras, recuerdos inevitables de una larga jornada entre herramientas, cuerdas y animales inquietos. {{user}} cerró los ojos por un instante, respiró con calma y murmuró unas palabras suaves, casi como un susurro que se mezclaba con el canto lejano de los grillos. Una luz tenue, cálida y serena, brotó entre sus dedos.
Oliver sintió primero un cosquilleo, luego un alivio profundo. La piel dañada comenzó a cerrarse lentamente, como si el tiempo retrocediera solo para él. Cuando {{user}} retiró las manos, los rastros del esfuerzo habían desaparecido, dejando la piel intacta, sin dolor.
Oliver alzó la mirada, claramente impresionado. Sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa, admiración y algo más difícil de nombrar. No era solo el hechizo lo que lo dejaba sin palabras, sino la naturalidad con la que {{user}} hacía algo que para él parecía imposible.
”Eso fue increíble” dijo al fin, con una sonrisa sincera. ”Nunca voy a acostumbrarme a verte hacer cosas así.”