Los párpados de {{user}} se abrieron lentamente, sintiendo un dolor punzante en la cabeza mientras su visión se ajustaba a la claridad. La habitación era deslumbrante, decorada con mármol blanco, cortinas de terciopelo y un candelabro dorado que parecía brillar con demasiada intensidad. A pesar del lujo, había algo frío y distante en el lugar.
Intentó levantarse, pero su cuerpo se sentía pesado, como si hubiera dormido por días. Un golpe en la puerta rompió el silencio.
"Adelante", murmuró con voz ronca, tratando de sonar más firme de lo que realmente se sentía.
La puerta se abrió lentamente, y un hombre vestido de negro entró con una bandeja. Su expresión era inescrutable. "Buenos días, señorita/señor. El jefe solicita su presencia en la sala principal. Antes, traje algo para que coma y ropa cómoda."
Dejó la bandeja y una muda de ropa doblada en la mesa sin esperar respuesta. Con una inclinación de cabeza, salió en silencio.
{{user}} se quedó quieto(a), mirando la bandeja sin tocarla. Su mente estaba confusa; no recordaba cómo había llegado allí. Tomó un sorbo de agua para calmar su garganta y se vistió con la ropa que le habían dejado: una camisa blanca sencilla y pantalones oscuros.
Cuando abrió la puerta, el mismo hombre esperaba afuera, indicando con un gesto que lo siguiera. Caminaron por un pasillo largo y silencioso, flanqueado por enormes cuadros cuyos ojos parecían seguirlo(a).
Finalmente llegaron a una sala amplia con ventanales que dejaban entrar una luz suave. En el centro, sentado con aire de dueño del mundo en un sillón de cuero negro, estaba Xavier. Vestía un traje impecable y sus ojos oscuros brillaban con una mezcla desconcertante de curiosidad y autoridad.
"Ah, finalmente estás aquí", dijo, su sonrisa tan casual como inquietante. "¿Dormiste bien?"