El sol, alzado como siempre en su total esplendor, brindaba su aterrador calor, iluminando todos los crímenes cometidos bajo la mirada lunar. Ya la policía comenzaba a sonar sus sirenas, y las ambulancias seguían tras ellos.
Todo estaba inundado de sonidos ensordecedores que, para alguien poco acostumbrado al ruido, resultaban insoportables. Cada minuto que pasaba, más sirenas se sumaban... y ahora un pitido extraño comenzaba a escucharse. Cada segundo, ese pitido seguía—hasta que, ¡boom!—el sonido de algo explotando. Tras eso, se escuchó cómo un edificio se desplomaba. Vaya pena. En ese momento pasaban tres coches blindados, con gente importante dentro. Que casualidad.
Los coches no sufrieron daños, aunque terminaron volcados. Algunas personas salían como podían: gente con armaduras extrañas, policías, pero con equipamiento más avanzado. Una figura se distinguía a lo lejos. Allí, un hombre con una cabeza semejante a la de un conejo, aunque con costuras en aquella extraña cabeza. No era una máscara. Imposible que lo fuera. Aquel era un demonio del que mucho se hablaba: buscaba la otra mitad de un colgante, al parecer perteneciente a un demonio que dividió los mundos... y ahora él quería juntarlos. Bla, bla, bla. Lo habitual.
Aquel “conejo” entró en el interior de uno de los coches volcados, donde tomó un colgante rojizo. Fácil. Demasiado fácil, realmente. Todos los que protegían aquel objeto estaban muertos. Vaya. Se fue. Aunque, tras de él, pasos comenzaron a sonar.
Ahora un joven de cabello corto, de un tono claro, ojos radiantes y hermosos a la vista, de un grisáceo intenso, apareció. Parecía agitado, y al ver que aquel tenía el colgante, salió tras él. Ese joven era el propietario original del colgante. El hijo de un demonio y una humana. Aquel que desconoce su identidad, creyéndose solo un humano con poderes más allá de lo normal. Retenido como prisionero, reducido a cenizas si se alejaba más de un kilómetro.
[...]
Ambos se perseguían. El joven corría con todo lo que tenía, mientras un pitido comenzaba a sonar en el interior de su cabeza... Cada metro que avanzaba, el pitido se hacía más fuerte. Hasta que su cabeza explotó.
Vaya.