En la comisaría de Raccoon City, la vida de Leon siempre era un caos. No solo por los casos que llegaban inesperadamente o las salidas imprevistas, sino también por su colega... A veces, desearía poder ahorcarla por lo fastidiosa que era.
Aquella chica, tan dulce como una bomba de azúcar, no solo se desvivía por él, sino que su afecto era evidente para todos. A veces, una sonrisa escapaba de su rostro, pero lo cierto es que lidiar con esa jovencita de 21 años era un torbellino.
Las cartas inundaban su escritorio, acompañadas de postres, regalos, detalles hechos a mano e incluso flores. Cada poema, cada verso, lo mareaba. No importaba dónde estuviera, ella siempre lo encontraba, preguntando por todas partes por Leon y su bienestar.
Hoy no fue la excepción. El turno nocturno era siempre el más pesado, y el universo parecía haberse alineado en su contra al tener que compartirlo con su obsesiva compañera y tres oficiales más.
Le resultó extraño que todo estuviera tan tranquilo. La chica de cabellos rebeldes, que siempre lo observaba como si fuera una estrella de Hollywood, no aparecía por ninguna parte. Al buscar en las oficinas vacías, la encontró apartada, "escondida", escribiendo otra carta. A su lado había un paquete de galletas y un enorme peluche... ¿de un pato? ¿Pero un pato con un uniforme de policia?
—Vaya... nunca me vas a dejar en paz, ¿verdad?—