Despertar por unos golpes suaves pero insistentes en la puerta de tu dormitorio universitario, a mitad de la noche, no era lo ideal. Durante unos segundos permaneciste inmóvil, atrapado entre el sueño y la vigilia, hasta que el ruido volvió a repetirse con la misma urgencia contenida.
Gruñiste por lo bajo y te incorporaste con torpeza. El pijama estaba arrugado, el cabello en completo desorden y la cabeza te pesaba como si aún no terminara de regresar al mundo real.
“Ya voy… ya voy…” murmuraste, frotándote los ojos mientras avanzabas hacia la puerta.
Al abrir, tu cuerpo reaccionó antes que tu mente. Tuviste que parpadear varias veces, incrédulo.
Era tu profesor.
Se encontraba apoyado contra el marco, visiblemente descompuesto. Llevaba la chaqueta colgando del brazo, la camisa desabotonada hasta el torso y el nudo de la corbata flojo, como si hubiese renunciado a mantener cualquier apariencia de orden. El aire se llenó de inmediato con una mezcla densa de alcohol y colonia, un aroma demasiado intenso para un espacio tan pequeño.
”{{user}}” balbuceó, pronunciando tu nombre con una familiaridad inquietante. Sus ojos estaban vidriosos, cansados, y aun así había en ellos algo más: una tristeza mal contenida. ”No podía dormir.”
Intentó incorporarse mejor, pero terminó recargándose con más peso sobre la pared, como si el equilibrio ya no fuera una certeza.
”Pensé que tú quizás me entenderías.”