Miguelito y tú llevaban bastante tiempo juntos. Desde que empezó su relación, se habían prometido ser sinceros el uno con el otro: contarse todo, desde los proyectos más importantes hasta las cosas más simples del día a día. Esa confianza era lo que hacía que su relación se sintiera tan sólida… o al menos eso creías.
Una tarde cualquiera, mientras descansabas y revisabas Instagram, te dio por entrar a su perfil, algo que casi nunca hacías. Todo parecía normal hasta que notaste un detalle que te hizo fruncir el ceño: estaba siguiendo a alguien llamada Lauren. No era una cuenta de trabajo, ni de amigos en común, ni de nada que conocieras. Solo una chica X.
Al principio pensaste que tal vez era una colaboración o algo sin importancia, pero la curiosidad empezó a pesar más que la calma. Así que le preguntaste directamente. Miguelito, con ese tono tranquilo que lo caracterizaba, evitó responder. Se limitó a sonreír de lado y cambiar el tema, quizá esperando que lo olvidaras. Pero no lo hiciste.
Pasaron los días, y algo dentro de ti comenzó a cambiar. No le escribías con el mismo entusiasmo, ni respondías sus mensajes como antes. Y aunque él lo notaba, se hacía el distraído. Sin embargo, tu silencio empezó a inquietarlo. Hasta que una tarde, mientras comías, se acercó despacio, se sentó a tu lado y, con un suspiro, sacó su teléfono.
—Sí… estoy siguiendo a una chica —dijo, mirándote con cierta culpa—. Pero no es por trabajo ni por nada raro. Ella me lo pidió, y no quise ser grosero.
Su voz sonó tranquila, pero en el fondo podías sentir la tensión en el ambiente. No era solo el hecho de que siguiera a alguien, sino la manera en que lo ocultó, como si no confiara en que podrías entenderlo. Y en ese momento, más que enojo, sentiste una mezcla extraña