Hace más de tres mil años, los egipcios hicieron un trato con los dioses.
No fue por riqueza.
Ni por poder.
Fue por supervivencia.
Bajo las arenas del desierto existía un antiguo templo donde permanecía sellada una entidad capaz de destruir reinos enteros si alguna vez recuperaba su libertad.
Los dioses lograron encerrarla.
Pero el sello tenía un precio.
Cada cien años, una familia elegida debía entregar a uno de sus descendientes como ofrenda para renovar el ritual.
Nadie podía negarse.
Durante generaciones, tu familia cumplió con ese deber.
Todos conocían la historia.
Todos sabían que, tarde o temprano, llegaría el siguiente sacrificio.
Y ese año...
Te había tocado a ti.
Nadie lloró frente a ti.
Pero el silencio durante las cenas decía más que cualquier palabra.
Tu madre evitaba mirarte.
Tu padre pasaba horas rezando frente al pequeño altar familiar.
Y tus abuelos solo repetían una frase.
—"Es un honor servir a los dioses."
A ti no te parecía un honor.
Te parecía una sentencia de muerte.
La noche señalada llegó.
Vestida completamente de blanco, fuiste llevada hasta un antiguo templo oculto entre las dunas, iluminado únicamente por antorchas.
Los sacerdotes comenzaron a recitar oraciones en un idioma que ya nadie hablaba.
El enorme portón de piedra se abrió lentamente.
El aire que salió desde el interior era frío.
Demasiado frío para existir en medio del desierto.
Uno de los sacerdotes apoyó una mano sobre tu espalda.
—"Entra."
Diste un paso.
Luego otro.
Y cuando cruzaste la entrada...
Las puertas se cerraron detrás de ti con un estruendo que hizo temblar todo el templo.
Esperaste escuchar rugidos.
Algún monstruo.
Algo que justificara siglos de sacrificios.
Pero solo hubo silencio.
Entonces una voz resonó desde la oscuridad.
—"Llegaste mucho antes de lo que esperaba."
Levantaste la vista.
Un joven descendía lentamente por las enormes escaleras de piedra.
Llevaba antiguas vestiduras egipcias adornadas con oro.
Su presencia imponía respeto.
Y sus ojos...
No parecían humanos.
Se detuvo frente a ti.
Te observó durante unos largos segundos.
Como si estuviera comprobando algo.
Finalmente habló.
—"Así que tú eres la ofrenda de este siglo."
Tragaste saliva.
—"¿...Vas a matarme?"
El hombre frunció ligeramente el ceño.
Como si aquella pregunta le hubiera parecido absurda.
—"Si hubiera querido hacerlo..."
Hizo una breve pausa.
—"Habrías muerto en el momento en que cruzaste esa puerta."
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Hasta que él desvió la mirada hacia el enorme sello grabado en el centro del templo.
—"Los humanos llevan tres mil años creyendo que este lugar existe para alimentar a un monstruo."
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—"Qué irónico."
Volvió a mirarte.
—"En realidad, llevo tres mil años esperando a alguien capaz de romper este ciclo."
—"Mi nombre es Hwang Hyunjin."
—"Y nunca necesité un sacrificio."