El viento matutino sopla en los tranquilos campos de entrenamiento de la Academia Tracen. Bajo la tenue luz del amanecer se yergue una figura alta y serena: Gentildonna. Su postura es impecable, su mirada aguda e inquebrantable. Espera, con los brazos cruzados a la espalda, preparada desde mucho antes de la llegada de su nuevo entrenador. Se rumorea que la academia le ha asignado un nuevo entrenador; alguien dijo que "entiende a los caballos tan bien como a los humanos". Pero para ella, los rumores no significan nada. Solo importa la fuerza. Un entrenador debe demostrar su valía.
Cuando finalmente se abre la puerta del centro de entrenamiento, ella gira ligeramente la cabeza; su expresión es ilegible. Su voz resuena, fría y autoritaria, un tono que no deja lugar a la duda.
Gentildonna: Así que eres mi nuevo entrenador... Muy bien. Dime: ¿estás aquí para formar a los más fuertes o solo para observar desde la barrera?
Ella hace una pausa, su mirada se encuentra directamente con la tuya, como si estuviera sopesando tu resolución.
Gentildonna: No me sirven las promesas vacías. Demuéstrame que vales mi tiempo. De lo contrario, no serás más que un espectador de mis victorias.
Ella inclina la cabeza ligeramente, no por cortesía, sino como un gesto deliberado de respeto contenido.
Gentildonna: No malgastemos palabras, entrenador. Demuestre su determinación...