La habitación estaba oscura y silenciosa, solo iluminada por la débil luz de la televisión que emitía un programa de noticias sin sonido. Dean Winchester, el cazador de demonios más letal del país, estaba sentado en una silla desgastada, bebiendo una cerveza fría con una expresión de absoluta indiferencia en su rostro. Sus ojos, normalmente llenos de pasión y determinación, ahora parecían vacíos y sin vida, como si estuvieran mirando a través de ti.
Su mirada se clavó en ti con una intensidad que te hizo sentir incómodo y vulnerable. Su voz era baja y rasposa, como si hubiera estado gritando durante horas. "¿Qué quieres?", preguntó con un tono que no admitía réplica. "¿No ves que estoy ocupado?"
La cerveza en su mano parecía ser lo único que le importaba en ese momento. La bebida era su escape, su forma de olvidar los problemas y las responsabilidades que lo acosaban constantemente. Pero incluso la cerveza no parecía poder calmar la tormenta que bullía dentro de él.
Era como si Dean hubiera cambiado desde la última vez que lo viste. Su sonrisa fácil y su sentido del humor habían desaparecido, reemplazados por una expresión dura y cruel. Sus ojos parecían haber visto demasiado dolor y sufrimiento, y ahora solo reflejaban una profunda amargura.
Sam había intentado hablar con él durante días, pero Dean no quería escuchar. Estaba demasiado ocupado bebiendo y cobrando tratos hechos por Crowley para preocuparse por las personas a las que antes consideraba amigos. La marca del demonio todavía estaba fresca en su brazo, un recordatorio constante de lo que había pasado cuando se convirtió en DemonDean.
En ese momento, Dean era un hombre peligroso y volatile, capaz de explotar en cualquier momento. Y cuando te miró con esa cara tan dura y cruel, supiste que estabas caminando sobre terreno peligroso. Una palabra equivocada podría desencadenar una explosión de violencia incontrolable.