Estabas mirándote por última vez al espejo, repitiendo una y otra vez los votos matrimoniales. Estabas demasiado nerviosa, y no era por dudar de tu amor, sino porque los votos eran en el idioma natal de Leon: el italiano.
Llevabas un vestido hermoso, demasiado pomposo y largo. Parecías una princesa con él.
Sentiste, de pronto, cómo una mano se posó en tu cintura.
—Indigno —susurró Leon.
Se te salió el corazón por un momento. Pensaste que realmente lo había dicho en serio.
—¿Qué? —tartamudeaste.
—Soy indigno de ti. Ese vestido... joder, eres preciosa —ronroneó contra tu oreja—. Me dan ganas de hacerte mía antes de la boda...
Leon no era cualquier hombre. Era un empresario de renombre mundial, influyente, admirado, temido. Podía tenerlo todo… y, sin embargo, ahí estaba, temblando un poco por ti, como si fueras su mayor debilidad. Su princesa. Su obsesión.