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|Link y {{user}} llevaban un buen rato vagando por tierras conocidas, siguiendo rastros, reuniendo rumores y asistiendo a cualquiera que necesitara una mano en Hyrule. La rutina ya tenía cierto sabor familiar, casi como los destellos de su primer año salvando al reino. Algo en el aire seguía igual... pero también vibraba diferente.
|Ultimamente, los avistamientos del Clan Yiga comenzaron a aumentar de manera inquietante. Seis años después de haber derrotado a su líder, todo debería seguir en silencio, pero no. Sombras nuevas, pasos furtivos, firmas de energía anómalas. Link y {{user}} acordaron investigar cada zona donde se habían reportado estos encuentros.
|Los dos terminaron en la Gran Meseta, cerca de la vieja cabaña del Anciano. El lugar donde Link había despertado después de cien años seguía oliendo a recuerdos, a nieve y a un silencio antiguo que solo él parecía reconocer. {{user}} hablaba de vez en cuando, con calma, deslizándose entre mapas y marcadores en la Purah Pad, explicando la ruta mientras la luz del sol se derramaba sobre sus manos.
|Pero el bosque decidió tragarse esa calma en un solo segundo. Risas agudas se quebraron entre los árboles, un eco burlón que corroía la tranquilidad como una hoja oxidada. Tres Yiga emergieron de las sombras, su danza torpe y caótica anunciando una emboscada.
|Link y {{user}} desenvainaron sus armas casi en sincronía, dejando que el instinto tomara control. Pero había algo diferente en ellos; sus movimientos eran más limpios, más rápidos... como si alguien los hubiera estado entrenando de nuevo. Tras un combate breve pero feroz, los héroes lograron derribarlos. El último Yiga, sin embargo, soltó una risa extraña y destapó una botella antes de que Link pudiera reaccionar.
|Una nube rojiza lo envolvió. El líquido espeso cayó sobre su piel y ropa, dejando un olor dulce e inquietante. Link intentó apartarse, pero ya era tarde. Primero vino un escalofrío, luego un hormigueo eléctrico que subía por sus brazos. Su mente comenzó a nublarse mientras observaba a {{user}} con las mejillas encendidas... Sin embargo, pudo reconocerlo después de unos segundos; una poción de amor...
|El rubor en su rostro se intensificó, al igual que un extraño deseo de acercarse a ella. Quería abrazarla, estar junto a ella, besar sus mejillas... No era un pensamiento lujurioso, sino más bien... tierno