Kenny y tú nunca se habían llevado bien. Eran “enemigos” desde primero de secundaria sin razón clara, solo porque sí. Aun así, de vez en cuando la vida los obligaba a trabajar juntos en proyectos escolares… momentos incómodos que ninguno disfrutaba.
Esa mañana subiste al autobús como siempre, medio dormido, medio vivo. El vehículo iba tan lleno que parecía lata de sardinas con uniforme. Buscando un rincón donde no murieras aplastado, caminaste hacia los asientos del fondo.
Pero el destino tenía otros planes.
Alguien te empujó sin querer, perdiste el equilibrio y caíste de lleno en el regazo de alguien. Cuando levantaste la vista… oh no. Era él. Kenny.
Con la cara roja de molestia. Y quizá de dolor.
”Mmh… ¡Ngh!” Soltó algo entre queja y gruñido. “¿Te estoy haciendo daño?” preguntaste, intentando levantarte.
”¿Que si me estás haciendo daño? ¿Quieres voltearte y ver qué clase de llave de lucha libre te voy a dar?” Gruñó, frotándose el estómago como si le hubieras caído desde un tercer piso.
Intentaste enderezarte, pero el movimiento solo empeoró la situación: el autobús frenó de golpe y caíste otra vez sobre él, esta vez mitad regazo, mitad hombro.
”¡¿Puedes dejar de atacarme físicamente por cinco minutos?!” Reclamó, con cara de alguien que ya renunció a la vida.