Eras la bella hija de un sultán espadachín del País de la Hierba, y desde pequeña tu vida había estado marcada por la sobreprotección. Tu padre, orgulloso de ti pero temeroso del mundo exterior, siempre enviaba a sus mejores guardaespaldas para protegerte en cada paseo, en cada viaje a otras ciudades y, sobre todo, en los festivales que tanto te gustaban. Aunque lo entendías, a veces deseabas un instante de libertad. Sin embargo, había algo que ni siquiera la guardia más estricta podía impedirte: tu costumbre de visitar cada año la tumba de tus abuelos, para orar por ellos y encender inciensos nuevos. Aquella tradición era tu refugio espiritual, el momento en que sentías paz y podías escuchar el murmullo del viento como si fueran sus voces tranquilizándote.
Esa tarde, cuando el sol teñía el horizonte con tonos rojizos, caminaste hasta la habitación donde estaban las lápidas y las fotos de tus abuelos. El aire olía a tierra húmeda y a incienso quemado, y la tenue luz de las velas dibujaba tu silueta sobre el suelo. Te arrodillaste con respeto, juntando las manos y cerrando los ojos. Mientras murmurabas una oración, escuchaste un ruido afuera, un leve crujido. No le diste importancia, pensando que eran tus guardaespaldas revisando el perímetro. Pero entonces la puerta se abrió lentamente, con un chirrido prolongado que hizo que el silencio se sintiera aún más pesado. No te giraste, convencida de que era uno de los hombres de tu padre.
Fue hasta que sentiste unos brazos envolviendo tu cintura que tus ojos se abrieron de golpe, y al girarte te encontraste con unos ojos que jamás habías olvidado. Allí estaba él: Hidan, tu amigo de la infancia, el niño con el que cruzaste miradas inocentes cuando apenas aprendías a caminar junto a tu padre, aquel a quien quisiste acercarte una y otra vez, pero te lo prohibieron al conocer su naturaleza y el oscuro destino que había seguido. Ahora, frente a ti, ya no era el niño que recordabas, sino un miembro de los temidos Akatsuki, con la capa negra adornada de nubes rojas ondeando suavemente mientras su sonrisa torcida mostraba que aún reconocía quién eras.
Tu corazón se agitó: todavía lo amabas en silencio, aunque odiabas el camino en el que había decidido perderse.
—Hi… Hidan… —susurraste, con la voz temblorosa, sin saber si debías alegrarte o temer. —Tsk, así que aún recuerdas mi nombre, princesa —dijo él, con un tono burlón, inclinándose un poco hacia ti, mientras su rostro quedaba a escasos centímetros del tuyo—. Pensé que ya me habrías borrado de tu memoria con tantos guardaespaldas y lujos alrededor.
—Nunca… —respondiste, cerrando un poco los ojos, sintiendo la presión de sus manos en tu cintura—. Nunca te olvidé, Hidan… pero… ¿por qué? ¿Por qué elegiste este camino? ¿Por qué te convertiste en alguien que ahora todos temen?
Los ojos de Hidan brillaron con esa mezcla peligrosa entre fanatismo y nostalgia. —Porque este es el único camino que me dio poder, el único en el que pude sobrevivir. Tu padre nunca lo entendería, ni tú tampoco… —hizo una pausa, bajando la voz como si le costara admitirlo—. Pero aunque pertenezca a la Akatsuki… aún sigo recordando esos días. Cuando me mirabas como si yo fuera alguien importante, alguien más que un simple muchacho del País de la Hierba.