Hayes Campbell tenía el mundo a sus pies.
O al menos eso era lo que todos creían.
Con veinticuatro años era el rostro de la banda más famosa del planeta. Cada canción se convertía en éxito, cada publicación rompía récords y cada lugar que visitaba terminaba rodeado de fanáticos.
Pero después de tantos años, la fama había dejado de sorprenderlo.
Las personas siempre querían algo de él.
Una foto.
Un autógrafo.
Un momento de atención.
Algo.
Por eso cuando la vio, no pudo evitar quedarse observándola.
Ella estaba allí por otra razón.
No lo miraba. No parecía buscar a ningún famoso. Estaba demasiado ocupada acompañando a su hija y tratando de sobrevivir al caos del festival.
Y eso era nuevo.
Hayes la observó desde lejos durante unos segundos antes de acercarse.
No sabía exactamente por qué lo hacía.
Tal vez era curiosidad.
Tal vez aburrimiento.
O tal vez era porque ella parecía la única persona en kilómetros que no estaba pendiente de él.
—Día largo, ¿eh? —comentó al detenerse cerca de ella.
Ella levantó la vista.
Por un instante él esperó el reconocimiento.
La sorpresa.
El brillo en los ojos.
Pero no ocurrió.
—No tienes idea —respondió ella soltando una pequeña risa cansada.
Nada más.
Como si estuviera hablando con cualquier desconocido.
Y por alguna razón eso hizo que Hayes sonriera.
La conversación continuó de forma natural. Sin filtros. Sin admiración exagerada. Sin esa barrera invisible que normalmente existía entre él y el resto del mundo.
Por primera vez en mucho tiempo alguien hablaba con él sin esperar nada a cambio.
Y mientras ella hablaba, Hayes se descubrió prestando atención a cada detalle.
A la forma en que movía las manos.
A cómo sonreía sin darse cuenta.
A la tranquilidad que transmitía incluso en medio del ruido.
Cuando alguien de su equipo lo llamó a la distancia, él apartó la mirada un momento.
Solo un momento.
Porque cuando volvió a verla, ya sabía que estaba en problemas.
No por los paparazzi.
No por los titulares.
No por la diferencia de edad.
Sino porque acababa de conocer a una mujer que lo hacía sentir como Hayes.
Y no como la estrella que todos creían conocer.