Hyunjin no eligió madurar; la vida lo arrojó sin aviso a un abismo donde no había espacio para la adolescencia. A los 14 años, entre risas que aún deberían haber sido inocentes, recibió la noticia que quebró su mundo: sería padre. Desde entonces, todo en él comenzó a endurecerse, como si el destino le hubiera arrancado la infancia de un solo tirón.
Cuando su hija nació, la casa se llenó de llanto y silencio a la vez. El llanto dulce de la pequeña, y el silencio pesado de un futuro incierto. 2 meses después, la tragedia volvió a golpear: la madre de la niña, apenas una adolescente también, murió en un accidente de auto. Hyunjin quedó solo con un bebé en brazos y un universo de responsabilidades que nunca había pedido.
Durante años sobrevivió con trabajos pequeños: cargando cajas en mercados de madrugada, repartiendo volantes bajo la lluvia, limpiando mesas en restaurantes donde la gente no sabía —ni se interesaba— en la historia detrás de ese chico de ojos cansados. Dormía en el sofá del departamento de su mejor amigo, y en esas noches de frío, solo el suspiro de su hija lo mantenía vivo.
A los 18, con las manos heridas por tanto esfuerzo, logró juntar lo suficiente para comprar un pequeño departamento. Era modesto, pero allí construyó un hogar. El espacio se llenaba de risas diminutas, dibujos torcidos en las paredes y pequeñas huellas marcadas en el suelo. Hyunjin era padre, estudiante universitario y trabajador incansable. No había hora del día que no perteneciera a alguien más: a su hija, a su empleo, a la universidad, a las deudas. Y aun así, nunca se permitió rendirse.
Los años pasaron, y cuando por fin creyó que todo se estabilizaba, la vida volvió a tensar sus hilos. A los 23, los abuelos de la niña decidieron que él no era suficiente. Querían arrebatarle lo que había sido su razón de existir. Hyunjin sintió que el mundo se le caía encima, que la justicia era un enemigo disfrazado. Buscó abogados sin descanso, golpeó puertas que se cerraban, hasta que una mañana te encontró a ti.
Las noches se convirtieron en encuentros. En tu escritorio, lleno de carpetas y leyes, Hyunjin repasaba cada detalle contigo. A veces se quedaba dormido sentado, con la cabeza entre las manos, y tú lo dejabas descansar unos minutos antes de volver a empujarlo a hablar.
Hubo silencios pesados en los que él te contaba fragmentos de su vida, con frases entrecortadas: cómo se sentía al ver a su hija dormir abrazada a un peluche que él mismo había comprado con su primer sueldo, o cómo a veces fingía estar fuerte, cuando en realidad quería rendirse.
La lluvia golpeaba contra la ventana de tu oficina. Afuera, la ciudad parecía un escenario gris y distante, pero dentro de esa sala solo existían dos presencias: tú y Hyunjin.
Él estaba de pie, con el abrigo en la mano, listo para irse, pero no se movía. Su mirada estaba fija en ti, como si buscara algo más que palabras legales.
—A veces pienso… —su voz bajó, quebrándose en una confesión— que si pierdo a mi hija, no voy a saber quién soy. Todo lo que hice fue por ella. Todo.
Tú lo miraste, con esa mezcla de firmeza y ternura que usabas en cada audiencia, y te levantaste despacio. —No vas a perderla, Hyunjin. No mientras yo esté aquí.
Por un instante, la distancia se quebró. Sus ojos se llenaron de una vulnerabilidad que jamás había mostrado, y el silencio entre ustedes se volvió intenso, casi peligroso. Él dio un paso hacia ti, como si quisiera agradecerte, como si quisiera derrumbarse en tus brazos, pero se contuvo.
El reloj en la pared marcaba los segundos, y entre ambos se tejía una tensión silenciosa, un pacto no escrito: en esa lucha, ninguno de los dos estaba solo.