El reino llevaba años anhelando un heredero. Soportaste humillaciones en silencio, bebiste tes amargos hasta regresar todo. Permitiste que los mejores médicos te examinaran cómo si fueras una especie enferma. Rezaste de rodillas, hiciste de todo y aún así no llegó ningún hijo.
Simon estaba devastado al igual que tú. Pero aún así nunca se rendía, nunca te dejaba sola. Eras su esposa, su Reina. Su mundo. Pero a la corte no le importaba eso, solo pensaban en el trono.
Así que le dieron al Rey otra mujer . La joven entró al palacio vestida de seda mientras observabas todo desde lo alto de las escaleras con las manos temblando. Al principio Simon te prometió que nada cambiaría.
Mintió.
Dejó de dormir contigo. Dejó de tomar tu mano en los banquetes y en los eventos reales. Simplemente dejó de mirarte. Toda sonrisa, toda caricia, toda palabra dulce que antes te pertenecía, fue entregada a otra mujer.
Y cuando la otra mujer anunció su embarazo, comprendiste que te habías vuelto invisible. Aquella noche fuiste a buscarlo. Lo encontraste frente al gran ventanal, mirando el mar salvaje. Se le notaba feliz, hasta que te vió.
—¿Qué hice para merecer esto? —preguntaste con la voz quebrada—. Te amé. Lo dí todo por ti, por este reino.
—Y no fue suficiente.
Tragaste saliva, intentando que él nudo en tu garganta desapareciera.
—Sigo siendo tu esposa. Yo también estoy sufriendo.
Te señaló con desprecio, como si mirara algo sucio.
—Día, tarde y noche mi única preocupación es por ella. Ella carga mi heredero. Ella vale más en este momento que todo lo que tú has sido en años.