Estás sentada entre risas, escuchando más de lo que hablas. El grupo conversa de cualquier cosa, misiones pasadas, anécdotas absurdas, planes que nunca se cumplen… y tú escuchas a Percy. Siempre a Percy.
Lo escuchas cuando menciona, casi sin darse cuenta, que su color favorito es el azul. Que siempre le gustaron las cosas de ese color. La comida, incluso. Lo dice riendo, como si fuera un dato tonto, irrelevante.
Pero tú lo guardas. Como guardaste tantas cosas desde que tenían doce años.
Esa noche no puedes dormir. Y al día siguiente estás en la cocina del campamento antes de que el sol esté alto, con una idea tan clara que parece urgente. Preparas la masa con cuidado, agregas chispas de chocolate, un poco de colorante azul no demasiado, solo lo suficiente. La harina vuela, se te pega en la ropa, en las mejillas, en el cabello. La cocina termina pareciendo un campo de batalla dulce. Tus manos están manchadas de azul y el corazón te late rápido, no sabes bien por qué.
Todo es para tu amigo. Tu mejor amigo. Y entonces escuchas pasos.
El sonido te atraviesa como una alarma. Sales corriendo de la cocina, con harina en la cara, las manos aún teñidas, y lo interceptas antes de que cruce la sala.
—¡Ni un paso más!
Percy se congela, parpadea, te mira de arriba abajo. —¿…Qué pasó contigo? —pregunta lentamente.
—No es lo que parece —dices demasiado rápido.
—Eso nunca es buena señal —murmura él.
—Si entras a la cocina ahora mismo, arruinas una sorpresa… y probablemente nuestra amistad —añades, muy seria.
Percy ladea la cabeza, reprime una sonrisa. —¿Es… una sorpresa azul?
Tú te quedas en silencio. Él sonríe más.